viernes, 21 de junio de 2013
sábado, 25 de mayo de 2013
lunes, 20 de mayo de 2013
jueves, 16 de mayo de 2013
Cuando cerraron las puertas
El vagón estaba semi vacío. O semi lleno. Todos ibais sentados y quedaban asientos sin ocupar. La gente leía, pero de eso te diste cuenta cuando el tipo del impermeable desfasado, el sombrero percudido y la antigua maletita de cuero marrón claro se levantó de su sitio y se sentó al lado del señor que estaba casi exactamente frente a ti, leyendo a Bradbury. Un hecho a todas luces excepcional: nadie lee a Bradbury en el metro.
El de la maleta le sonreía descaradamente al lector de Bradbury, quien tardó un instante en desconcentrarse y en mirar la sonrisa del hombre de la gabardina, quien hurgó en su maleta y extrajo un libro. El desconcertado bradburyano vio esa acción de reojo, pero enfrentó su mirada al comprobar que el viejo no dejaba de blandir un libro a esacasos centímetros de su cara, invitándole con descaro a que reparara en él. Tú también lo hiciste. Era una colección de cuentos de Arthur Machen, con la portada bastante maltratada por el uso. El hombre del sombrero hizo que Bradbury cogiera el libro de Machen. Lo consiguió sin emitir sonido. Comprendiste enseguida que se lo estaba regalando, y que después de un ligero gesto que mezclaba amabilidad, agradecimiento y no puedo aceptarlo, Bradbury lo cogió.
Entonces el viejo se levantó maleta en mano y fue a sentarse a la vera de la chica que leía a tu lado. Reparaste en que la chica leía -no puede ser, pensaste- a Cheever: Crónica de los Wapshot. La chica no había observado lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos hacía un momento, con Bradbury. Eso, o disimuló muy bien. El del sombrero puso sonriente ante los ojos de la chica un ejemplar usado de Catedral, de Raymond Carver. La chica levantó la mirada de Cheever y la posó en Carver, y, enseguida, en el señor Maleta. Hay sonrisas que convencen a la primera, se sobreponen a todo, deshacen malentendidos, seducen hipnóticamente. La chica Cheever tenía ya en sus manitas una Catedral. El viejo de los libros pareció incorporarse con apremio. Se dirigió hacia la puerta donde, apoyado contra una de las hojas de la misma, un chico, un joven, leía Vidas minúsculas, de Alfred Polgar.
El tren comenzó a desacelerar, a entrar en la estación de La Latina. Cuando se abrieron las puertas, el chico, además del de Polgar, tenía otro libro en sus manos: La habitación del poeta, de Robert Walser, sin contraportada, te pareció. Cuando se cerraron las puertas, el viejo caminaba sonriente por el andén en dirección a vete a saber dónde. El señor Bradbury, la chica Cheever, el chico Polgar y tú, el Iletrado Imperdonable, lo seguisteis con la mirada hasta que el túnel os tragó otra vez. Juras que así fue como ocurrieron las cosas. Tardaste dos estaciones en darte cuenta de que también tú tenías que haberte bajado en La Latina. ¿Qué me habría dejado el de la maleta si yo hubiera viajado con el Doctor Pasavento, de Vila-Matas, por ejemplo? -pensaste.
Sé cuánto lamentas no haber llevado un libro en la mano.
lunes, 29 de abril de 2013
La palabra quitina
Que lo viste reflejado en el
espejo es un hecho. Un hecho sobrenatural o un hecho natural que tu estrés
podría explicar sin dudar. Pero el caso es que allí estaba tu hijo muerto hacía tres años. Para
poder estar en el espejo se había
ubicado detrás de ti, apenas algo desplazado hacia la derecha. Y tú, que sabías
que si te volvías para verlo harías que desapareciera, te sobrepusiste
heroicamente –tal vez sólo fue que el miedo te impidió moverte- y le sostuviste
la mirada en el espejo. Entonces conseguiste que su imagen se desvaneciera
lentamente, ayudada teatralmente por el vaho que flotaba después de la ducha
reciente. Cuando entró tu mujer reclamando, entre sensual y risueñamente, que
ensayarais el acto necesario para la
procreación, caíste en la cuenta de que aún no habías tenido hijo alguno.
Despertaste del engaño en que te había sumido ese chico que había aparecido
detrás de ti. Follasteis por primera vez, de pie, en el baño de la casa nueva.
Nueva para vosotros dos. Antigua para tanta gente.
Soñaste con él. Te había tratado
cuando alguien le había hecho creer a tus padres que necesitabas un psiquiatra,
un psicólogo, un médico de esos. Hace más de treinta años. Te despertaste en
mitad de la madrugada recordando alguna de las sesiones que habías tenido. En
especial ésa que tan bien recordabas. Sabías que el tipo se había convertido en
una eminencia. O, al menos, en un tipo mediáticamente
reconocido. Te preguntabas a menudo si las sesiones que había tenido
contigo habrían contribuido de algún modo a cimentar su éxito profesional. También te lo volviste a preguntar en
mitad de la madrugada, en el sanatorio, más de treinta años más tarde. No lo
habías vuelto a ver en todo este tiempo. Sin embargo, por la mañana, mientras
desayunabas junto a otros dos pacientes, supiste que era suyo el rostro –y perteneciente más o menos a aquella época- que
ilustraba la reseña de su obituario en el diario El País. Descanse en paz,
pensaste antes de comenzar a leer.
Las cucarachas ya cuchicheaban
debajo de la cama. Algunas noches parecían estar especialmente animadas. De
algún modo se comunicaban. Se convocaban. Poseían una sabiduría milenaria, que
les había permitido sobrevivir a las hecatombes de todas las eras para
atormentarte cada noche desde debajo de tu cama. No mucho tiempo atrás habías aprendido el
significado de la palabra quitina. Las sombras se las
ingeniaban para hacerse visibles en la oscuridad. Pensabas que también las
paredes de tu habitación, cuando ganaban toda la noche posible, estaban
recubiertas de una quitina opaca. Te tapabas casi por completo. Mordías las
puntas de las solapas del pijama. Rezabas cuando todavía creías que servía para
algo. Sudabas. Siempre había un crujido proveniente de alguna parte lejana y
muy cercana a un tiempo, que, como un redoble creciente, resaltaba el latido
culminante de la madrugada. Nunca dejabas de pensar que esta noche una de ellas
subiría lentamente por la colcha –y eso a pesar de que te ocupabas de que no
tocara el suelo- y tu parálisis no podría impedirle llegar hasta tu cara. No
tardarían en dar ese paso. Esa nueva conquista. Te agotaba tanto terror. Finalmente
te dormías. Entonces las cucarachas desaparecían. Te soñabas goleador de un gol
imposible. Por la mañana todo era luz y hasta tenías valor para asomarte debajo
de la cama y comprobar que no había nada.
sábado, 16 de marzo de 2013
La comida en la boca
Era una mujer increíble. Lo había
hecho. La gran proveedora. Una pistola calibre 22. Usada. Muy usada. Él ni
siquiera recordaba habérsela pedido.
Le había dado la teta hasta los
siete años. Y los potitos. Y, hasta bien entrado en la adolescencia, la comida
en la boca. Sin resistencia. En cierto modo, tantos años más tarde, le seguía
dando la teta. Ahora en forma de pastillas y cocaína. Nunca lo había dejado
tirado. Su madre era la mujer de su vida. Se lo dio todo. La fecha se había ido
retrasando, y ella era quien le regalaba las prórrogas semanales. Él no tendría
ocasión de hacer lo mismo con sus hijos.
El amor es un páramo desolado,
solía decir cuando estaba a solas. Practicaba. Lo decía en voz alta. Páramo. Desolado. Interpretaba. Cuando ella
llegaba, él actuaba. El amor es un páramo
desolado, mamá. Consolaba a su hijo dándole lo que esperaba. Asentía y
decía cabizbaja –sin haberlo ensayado en casa-: De nada, hijo.
Uno tenía que sobrevivir al otro.
No se ponían de acuerdo.
No siempre la muerte es estúpida.
Pero a veces sí. A su alrededor
había dos botellas de plástico, un frasquito, una caja de pizza, una porción de pizza, dos
dibujos de cuando dibujaba manzanas, un muestrario de colores de una marca de
pinturas industriales, un vómito que no sirvió de nada.
No podía decir que no se lo
esperara, pero la madre se sorprendió como si no se lo esperara. Enseguida
llamó al 112. Esperó que llegaran sentada en el sillón. Mirando a su hijo. Sin
atreverse a tocarlo. Muerta de un miedo incomprensible.
¿Qué iba a ser de ella ahora que
el sentido de su vida había esperado hasta el domingo a las seis de la tarde
para no escribir mensaje alguno antes de volarse la cabeza?
No pensó en el frío que sentía.
Lo primero que le preguntaron los del Samur fue si conocía al muerto. Lo
primero que le preguntaron los polis fue si conocía la pistola. Dijo que sí,
claro. Asintiendo cabizbaja. Muerta de frío. Sin temblar ni un poco.
De primero voy a tomar un atajo.
martes, 5 de marzo de 2013
Tu fe de erratas
Escribes una novela para otro.
Crees que siempre que escribes lo haces para otro. Pero en este caso lo haces
para otro que no está dentro de ti, por así decirlo.
Si le apasiona el dorado, se hace
gárgaras cuando estas en casa, y cree que eres el amor de su vida, esa chica
con la que vives desde hace 18 años no puede estar convencida de que te tendrá por siempre.
El suicida pensaba que había
trenes que sólo pasaban una vez en la vida.
Decidir en qué tiempo escribir.
¿Presente o pasado? ¿Soleado o lluvioso? ¿Sólo o acompañado?
Si respondiera todas
las preguntas antes de ponerme a escribir, no habría escrito nada. Aún
habiéndolo hecho, hay días –hoy no es uno de esos, lo siento- en los que creo
que no he escrito nada.
Borges se vanagloriaba –o decía
vanagloriarse- más de lo que había leído que de lo que había escrito. Yo me
vanaglorio de no poder vanagloriarme de ninguna de las dos cosas.
La nieve no cae. El río no fluye.
El problema es uno, que no encuentra verbos mejores.
Cuando deja de nevar recuerdas
cosas.
Frases cortas. Libros cortos.
¡Largo de aquí! Corto de allí.
El diablo no existe, pensó. Eso
que se me acaba de meter en el cuerpo tiene que ser otra cosa.
Te dijo que no podía seguir así,
que debías elegir entre quedarte con ella o con tu fe de erratas. ¿A cuál de las dos le dirás que no se deje
olvidada ninguna braguita al salir?
La puerta entreabierta como
frontera infranqueable. Posible título de la ponencia que preparas. Inspirada
por la puerta del dormitorio de tus padres durante los largos años -¿explicarás
lo de largos?- de tu infancia y
adolescencia. Sombras desde las que aprendiste a espiar y a no hacerlo.
Creías
que la solución llegaría cuando te compraras un GPS de espejismos. Dinero
tirado a la basura.
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